El Rincón Marplatense: cómo era ser madre hace 100 años, entre partos, sacrificios y una ciudad muy diferente
En la Mar del Plata de 1920, la maternidad estaba marcada por las diferencias sociales, el trabajo doméstico y una atención médica que recién comenzaba a transformarse. Desde las familias de pescadores hasta las mujeres de la aristocracia, criar hijos era una experiencia muy distinta a la actual.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/madre_1.webp)
Mucho antes de los teléfonos celulares, los pañales descartables y los controles prenatales modernos, las madres marplatenses criaban a sus hijos en una ciudad que todavía estaba construyendo buena parte de su identidad. Las calles eran diferentes, los barrios comenzaban a expandirse y la vida familiar estaba atravesada por costumbres que hoy pueden resultar sorprendentes.
Hace un siglo, Mar del Plata tenía dos realidades que convivían a pocos kilómetros de distancia: la de las familias adineradas que llegaban para disfrutar de la temporada de verano y la de los habitantes permanentes que trabajaban en la pesca, la construcción, los comercios y los servicios.
En ese escenario, la maternidad no era igual para todas. Mientras algunas mujeres contaban con personal doméstico para atender a sus hijos, otras debían ocuparse de la crianza, la limpieza, la preparación de alimentos y, muchas veces, de trabajos que contribuían al sustento familiar.
Pero detrás de aquellas diferencias existía una historia común: las madres fueron protagonistas del crecimiento de una Mar del Plata que comenzaba a transformarse en una de las ciudades más importantes de la provincia.
Uno de los datos más interesantes se encuentra en la historia de la atención médica local. En 1903 se colocó la piedra fundamental del establecimiento que, con el paso de las décadas, daría origen al actual Hospital Materno Infantil. Sin embargo, fue recién en 1923 cuando se construyó un pabellón específicamente destinado a la maternidad, donado por Juana González de Devoto en memoria de su esposo, Bartolomé Devoto.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/materno_infantil.webp)
El edificio representó un avance en la atención de las mujeres embarazadas y los recién nacidos, en una época en la que el acceso a los servicios sanitarios dependía considerablemente de las posibilidades económicas y de la ubicación de cada familia.
Las parteras también ocupaban un lugar importante. En la documentación municipal de 1921 aparecen registros de profesionales de la Asistencia Pública, entre ellos médicos, enfermeros y una partera, una muestra de cómo se organizaba la atención sanitaria de aquellos años.
En una época en la que los partos domiciliarios todavía eran habituales, estas profesionales cumplían una función fundamental. Muchas mujeres daban a luz en sus propias casas, acompañadas por una partera y, en ocasiones, por familiares que colaboraban durante el nacimiento y los primeros días de vida del bebé.
El parto, sin embargo, no era el único desafío. La crianza cotidiana exigía una enorme dedicación en hogares que no contaban con las comodidades tecnológicas actuales. Lavar la ropa, calentar agua, preparar alimentos y mantener la vivienda eran tareas que requerían tiempo y esfuerzo físico.
Los pañales de tela debían lavarse y reutilizarse, mientras que la preparación de la comida infantil dependía de los recursos disponibles en cada hogar. La conservación de los alimentos, el acceso al agua y las condiciones de higiene también representaban desafíos que hoy suelen resolverse con mayor facilidad.
En los sectores populares, además, el trabajo femenino no se limitaba necesariamente al interior de la casa. Muchas mujeres participaban de actividades económicas familiares o se desempeñaban en ocupaciones remuneradas, aunque su aporte no siempre recibiera el mismo reconocimiento que el de los hombres.
Esta realidad adquiría características particulares en el Puerto, donde durante las primeras décadas del siglo XX comenzaron a consolidarse comunidades de inmigrantes, especialmente italianos, vinculadas con la pesca.
Entre 1918 y 1922 se produjo un desplazamiento de pescadores hacia la zona portuaria. El asentamiento, conocido como Pueblo de Pescadores, estaba formado inicialmente por construcciones sencillas de chapa y madera. Allí crecieron familias que debían organizar su vida cotidiana alrededor de una actividad laboral exigente e incierta.
Mientras los pescadores salían al mar, las mujeres sostenían buena parte de la organización doméstica. La crianza de los hijos, la alimentación y el cuidado de la familia formaban parte de una vida estrechamente ligada al trabajo y a las redes de ayuda entre vecinos.
La educación de los niños también comenzó a adquirir mayor importancia en la comunidad portuaria. En 1919, un grupo de Damas Vicentinas instaló una sede en el sector y posteriormente participó, junto con los sacerdotes orionitas, en el impulso de instituciones religiosas y educativas.
De esas iniciativas surgieron la iglesia Sagrada Familia y establecimientos destinados a la educación de varones y niñas, que se convertirían en referencias para las familias del barrio.
Pero ¿cómo se entretenían los chicos marplatenses hace cien años? ¿A dónde los llevaban sus madres a pasear cuando todavía no existían los grandes centros comerciales, los videojuegos ni las propuestas recreativas actuales?
Uno de los lugares más representativos era la antigua Rambla Bristol, inaugurada en 1913. Allí, las familias de la alta sociedad caminaban vestidas con sus mejores prendas, mientras los niños acompañaban a sus padres entre galerías comerciales, confiterías y vistas al mar.
El paseo tenía un fuerte componente social. Además de disfrutar del paisaje, era habitual observar a los demás visitantes y lucir la vestimenta de temporada. Las fotografías de aquellos años muestran vestidos largos, sombreros de ala ancha, conjuntos marineros y una indumentaria infantil mucho más formal que la actual.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/mar_del_plata.webp)
La playa también era uno de los principales espacios de entretenimiento. Los niños jugaban con la arena, caminaban por la orilla y se acercaban al agua bajo la vigilancia de los adultos. Los trajes de baño eran considerablemente diferentes: cubrían una mayor parte del cuerpo y respondían a normas de vestimenta mucho más estrictas.
Sin embargo, había otro paseo que hoy resulta especialmente curioso. En los jardines del antiguo Paseo General Paz, ubicados en el sector costero céntrico, se instalaron espacios recreativos y juegos infantiles. A principios de la década de 1920, el lugar llegó a contar con un pequeño tren destinado al paseo de los niños, una atracción que formó parte de las diversiones de la época.
El paseo también tenía un anfiteatro donde se realizaban espectáculos y presentaciones musicales, por lo que las familias podían encontrar alternativas de entretenimiento más allá de las jornadas de playa.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/ninos_1.webp)
Para los niños de los sectores acomodados, las vacaciones podían transcurrir entre balnearios, paseos y reuniones familiares. En cambio, los hijos de las familias trabajadoras crecían en un entorno donde las obligaciones domésticas y los horarios laborales de sus padres condicionaban buena parte de la rutina.
En el Puerto, la infancia estaba estrechamente vinculada con la actividad pesquera y la vida comunitaria. Los chicos crecían rodeados de embarcaciones, trabajadores y familias inmigrantes que conservaban costumbres de sus países de origen.
La convivencia entre generaciones también tenía una importancia particular. En las familias numerosas, los hermanos mayores podían colaborar en el cuidado de los más pequeños, mientras las madres atendían las responsabilidades del hogar. Los abuelos y otros familiares también podían desempeñar un papel importante en la crianza.
La educación era otro aspecto que comenzaba a transformarse. En 1919 empezó a funcionar el Colegio Nacional de Mar del Plata, una institución que amplió las posibilidades de acceso a la enseñanza secundaria. Durante las décadas siguientes, la incorporación de mujeres e hijos de inmigrantes reflejó los cambios que atravesaba la sociedad local.
Aunque la escolarización avanzaba, las oportunidades educativas todavía dependían de factores económicos, familiares y sociales. Para muchos niños, asistir a clases debía combinarse con responsabilidades domésticas o con la colaboración en actividades familiares.
La manera de educar también era diferente. El respeto a los adultos, la obediencia y la disciplina ocupaban un lugar central en las pautas de crianza de la época. Las decisiones importantes solían quedar en manos de los padres y las posibilidades de autonomía infantil eran distintas a las actuales.
La vida cotidiana transcurría sin televisión, internet ni teléfonos celulares. Los juegos al aire libre, las reuniones familiares, los juguetes artesanales y las actividades compartidas con otros niños ocupaban buena parte del tiempo libre.
Otra costumbre particular era la fotografía familiar. A diferencia de la actualidad, cuando cualquier momento puede registrarse con un teléfono, retratar a los hijos podía convertirse en una ocasión especial. Las familias elegían cuidadosamente la vestimenta, preparaban a los niños y conservaban las imágenes como recuerdos valiosos.
Las antiguas postales marplatenses muestran precisamente esa combinación de recreación y formalidad: niños jugando en la arena, familias con sus mejores atuendos y mujeres acompañando a sus hijos durante las jornadas de verano.
La situación era diferente en la Mar del Plata turística. Durante los años veinte, las mujeres de familias acomodadas podían disfrutar de paseos por la Rambla, reuniones sociales y temporadas de descanso junto al mar.
Sin embargo, esa imagen elegante y sofisticada representaba solamente una parte de la ciudad. Detrás de los hoteles, las residencias y las vacaciones existía otra Mar del Plata, donde las madres trabajadoras afrontaban jornadas extensas y responsabilidades que rara vez aparecían en las postales turísticas.
Con el crecimiento económico de las décadas siguientes, muchas mujeres encontraron nuevas oportunidades laborales en la industria conservera, el sector textil y el comercio. Entre 1940 y 1960, estas actividades tuvieron una participación femenina especialmente importante y contribuyeron a modificar el lugar de las mujeres en la sociedad marplatense.
La maternidad también comenzó a cambiar con la ampliación de los servicios de salud, las transformaciones educativas y el acceso progresivo de las mujeres a nuevas actividades laborales.
Hoy, al observar una fotografía familiar de hace cien años, resulta fácil detenerse en los vestidos, los peinados o los antiguos edificios. Pero detrás de esas imágenes existían historias de embarazos, nacimientos, preocupaciones, esfuerzos y decisiones que acompañaron el crecimiento de la ciudad.
Muchas de aquellas mujeres nunca tuvieron una calle con su nombre ni aparecieron en los grandes relatos históricos. Sin embargo, fueron parte fundamental de la construcción de Mar del Plata, desde las primeras familias del Puerto hasta los hogares de los barrios que comenzaban a poblarse.
En este Día de la Madre, recuperar sus experiencias también es una forma de mirar el pasado de la ciudad desde otro lugar: el de las mujeres que criaron a generaciones de marplatenses mientras la ciudad crecía a su alrededor.
Porque la historia de Mar del Plata no se escribió solamente en sus playas, sus grandes hoteles o sus edificios emblemáticos. También se construyó puertas adentro, en los hogares de aquellas madres que, con su trabajo cotidiano, contribuyeron a formar la ciudad que conocemos.
Escritora y periodista.
