Anette Olzon en Mar del Plata
La noche del domingo en Vorterix arrancó con una declaración estética inmediata. Anette Olzon eligió abrir el show con Storytime, y ese gesto marcó el pulso de todo lo que vendría después. Las primeras notas explotaron como un disparo de adrenalina: luces en sincronía, la banda entrando afilada y un público que respondió con un grito colectivo que hizo temblar el recinto. Fue un comienzo cinematográfico, casi teatral, que dejó claro que el viaje por Dark Passion Play e Imaginaerum no iba a ser un repaso nostálgico, sino una reinterpretación viva.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/olzon_1.webp)
La presencia de Anette en el escenario tuvo un peso histórico evidente. Fue la vocalista que redefinió el sonido de Nightwish tras la salida de Tarja Turunen, llevando a la banda hacia una estética más moderna, más pop-sinfónica, más narrativa. Esa impronta se sintió en Vorterix: no como una sombra del pasado, sino como una identidad que hoy se muestra más madura y más segura. Anette cantó con precisión, con brillo y con una entrega que sorprendió incluso a quienes la siguen desde su etapa más mediática. No imitó su pasado: lo resignificó.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/10/olzon.webp)
The Poet and the Pendulum fue un punto de inflexión emocional, y los momentos de cercanía —agradecimientos, anécdotas, miradas cómplices con el público— terminaron de construir una atmósfera cálida, poco habitual para un show de metal sinfónico. La banda que la acompaña sostuvo el clima con profesionalismo, sin sobreactuar protagonismo, dejando que la narrativa de los discos fuera el eje.
El cierre fue perfecto. “Last Ride of the Day” estalló como un himno compartido: saltos, coros, luces y esa sensación de estar viviendo algo irrepetible. Anette lo cantó con potencia y gratitud, sellando una noche que no solo celebró dos discos fundamentales, sino que confirmó que su vínculo con la región recién empieza a escribirse.
Mar del Plata respondió con intensidad. Y Vorterix, por una noche, se convirtió en el escenario donde un capítulo decisivo del metal sinfónico encontró su versión más cercana y más humana.
