A 88 años de su partida: el mar y la vigencia eterna de Alfonsina Storni
La escritora y poeta argentina dejó una huella imborrable en la literatura hispanoamericana. Su trágico final en las costas de Mar del Plata y los versos de su última obra, “Voy a dormir”, mantienen vivo el recuerdo de una mujer que desafió las convenciones de su época.
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El 25 de octubre de 1938, hace 88 años, las costas de Mar del Plata fueron testigos de un adiós que trascendió el tiempo para convertirse en leyenda. Aquella madrugada, Alfonsina Storni dejó atrás la habitación que ocupaba en la pensión San Jacinto de la calle 3 de Febrero 2861 para iniciar su recorrido solitario hacia la costa.
Al emprender el trayecto rumbo al mar, cruzó las calles de una ciudad que ya la adoptaba como propia, hasta llegar a las inmediaciones de la playa La Perla, donde decidió poner fin a su vida, consumada por el peso de una cruel enfermedad y un profundo dolor emocional.
Aquella despedida no solo marcó trágicamente a nuestra comunidad, sino que dejó una huella indeleble en la cultura hispanoamericana. Lejos de reducirse a un final doloroso, la figura de Alfonsina exige ser recordada en toda su dimensión luminosa: fue poetisa, periodista, docente y una pionera implacable que, a través de sus escritos, cuestionó los rígidos roles que la sociedad de su época le imponía a la mujer. Su pluma fue trinchera, vanguardia y voz de una sensibilidad única.
Hoy, un monumento frente a La Perla mantiene viva la memoria de su paso por Mar del Plata. Sin embargo, su legado más puro habita en sus versos. Antes de morir, escribió en Mar del Plata su último poema, un testimonio desgarrador y bellísimo que el tiempo consagró como su epitafio literario y que inspiró inolvidables melodías como “Alfonsina y el mar”.
Para recordarla en su día, nada mejor que cederle la palabra a su propia poesía con los versos finales de "Voy a dormir":
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.
