Hace 27 años Los Redondos tocaban por última vez en Mar del Plata: "Cómo los queremos, carajo, cómo los queremos."
Fragmento del libro “Banderas En Tu Corazón” de Marcelo Gobello
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El encantador infierno
Ciudad de Mar del Plata, domingo 20 de junio de 1999. De golpe el viento cambió y una desagradable mezcla de gas lacrimógeno y pólvora enrareció el aire del repleto Patinódromo. Fue como un detonante para que las tribus volvieran a ponerse en movimiento con más polenta que antes "Policía, que triste se te ve / Hoy tocan los Redondos…", corean entre contentas y desafiantes miles de jóvenes gargantas. Así está planteada la cosa, desde hace mucho, mucho tiempo ya. El viejo conflicto entre "Nosotros" y "Ellos". "Cada cual sabrá donde tiene el culo.", dijo más de una vez el Indio. "INDIO NOSOTROS SABEMOS DONDE TENEMOS EL CULO", se lee desde una de las más de setenta banderas que adornan el recinto.
El marco impresiona y emociona a la vez, son cerca de quince mil almas que comulgan una misma fe. A pesar de todo y de todos, el clima es de fervorosa fiesta; ni la larga espera, el frío, el hambre, la represión indiscriminada o el extenuante viaje de muchos, opaca el estar ahí adentro, el formar parte de la "misa".
Matizados con petardos y cohetes, acompañados con bombos y redoblantes, los cantos del público se suceden uno tras otro en el dilatado aguante. Si bien muchos son en contra de la policía o el presidente, la mayoría tratan de la "fiesta" y el "carnaval" que vuelve a reunirlos. No hay fastidio ni reclamo, por el contrario, todo forma parte esencial de la ceremonia; la alegría de participar de la convocatoria de Patricio Rey (cada vez más esporádica y dificultosa) justifica todo, aligera todo. “LO ÚNICO POSIBLE PARA ENTENDER ES PARTICIPAR", expresaba -con ese maravilloso poder de síntesis que tiene la sabiduría popular - otra de las banderas que flameaban en la noche marplatense.
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Lo más cercano a una posible (y de antemano vana) descripción podría ser la de estar asistiendo a un importante clásico de fútbol donde se define un campeonato, juega un solo equipo y encima ya se sabe que gana por goleada (lo cual realmente suena raro y estúpido). Es muy difícil describir con palabras la emoción de una cara o el sentimiento puro que une a miles de corazones. Fuera del contexto puede resultar aberrante observar a un padre alzando en lo alto a su bebé de meses en una platea colmada, en una actitud casi bautismal. Pero cuando la banda sale a tocar y todo el estadio se transforma en un solo movimiento, en una sola garganta, en un único y gigantesco corazón, queda claro que no se trata de un recital de rock más. Porque esta banda no tiene sólo cinco tipos, la integran, quince mil (o más, si contamos los que quedaron afuera, los que no pudieron venir o los que ya no están).
“Bienvenidos al gueto de los pibes”, fue el saludo inicial del Indio; usando un pasaje de la letra de un tema del último disco como exacta introducción. Luego agregaría: "Es hora de que los que tienen la obligación de dar órdenes, no le echen la culpa a una banda de rock o a un equipo de fútbol, de la violencia que hay en la sociedad.", como todo comentario explícito referente a los sucesos vividos. "Cuidensé, ustedes son vida joven", fue todo el consejo. Y es que no hace falta más; todo el resto está en las letras de esa sucesión de canciones que los redonditos de abajo van articulando y complementando (como un grupo bien ensayado), coreando estribillos que ya son propios, con palmas o con silbidos. Promediando el recital, al Indio se le escapó un espontáneo: "Cómo los queremos, carajo, cómo los queremos.", de auténtica ternura, que no hizo más que reflejar esa continua ida y vuelta de cariño que se había instalado en la noche. Una noche muy especial que tuvo muchos y diferentes picos- como la comunión de saltos en "El Pibe de los Astilleros” y “Pogo”, el rescate de "Motorpsico" y “Preso En Mi Ciudad”, el contenido vértigo de "Todo Un Palo", la sorpresiva presencia de Willy Crook o el desmadre de Skay en un demoledor "Criminal Mambo"- y un momento verdaderamente sublime.
El Indio se acercó hasta el borde del escenario y, extendiendo su brazo derecho, comenzó a señalar los distintos puntos del Estadio. "Esto es para ustedes" dijo mientras la banda comenzaba con los acordes de "Juguetes Perdidos". Bajo el mágico fulgor de docenas de rojas bengalas encendidas y el majestuoso ondear de las banderas, con los ojos humedecidos por la emoción y los brazos alzados hacia el cielo, los redonditos cantaron SU himno de esperanza, aquel que les dice que: “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón.” Los últimos acordes de "Ji Ji Ji" (convertido ya en tradicional cierre) marcan el fin de la fiesta y el regreso a esa "vieja cultura frita" que espera puertas afuera.
Lentamente, con prolijidad ritual, las banderas son descolgadas y dobladas. Las hay de todos los tamaños y colores; sus contenidos, también son variados: algunas son incomprensibles (sólo para iniciados) y otras son ingeniosas; pueden identificar una ciudad, un barrio o el nombre de una "banda".
Mientras acelero la marcha hacia la avenida, bajo la atenta mirada de negros "Robocops" bonaerenses, anoto mentalmente lo que decía una de ellas: "LUZBEL TE DIO LA SANGRE Y TE LLAMO PATRICIO Y NUESTRAS ALMAS TE CORONARON REY DE ESTE INFIERNO ENCANTADOR.”
