Federico García Lorca: por qué sus versos siguen hablando 90 años después
El autor granadino fue fusilado en agosto de 1936, con apenas 38 años. Nueve décadas más tarde, su obra conserva una vigencia extraordinaria y continúa encontrando nuevos lectores en todo el mundo.
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Evelyn Marzoa
Hay algo extraordinario en la historia de Federico García Lorca: todavía no se sabe con certeza dónde está su cuerpo, pero sus palabras aparecen en todas partes. En libros, escenarios, canciones y escuelas sobreviven imágenes que escribió un hombre al que mataron cuando tenía apenas 38 años.
Este 18 de agosto se conmemoran nueve décadas de su asesinato, ocurrido durante los primeros días de la Guerra Civil española. Incluso la fecha exacta conserva una zona de incertidumbre: distintas investigaciones ubican la ejecución en alguna de las madrugadas comprendidas entre el 17 y el 19 de agosto de 1936, en los alrededores del camino entre Víznar y Alfacar, cerca de Granada.
Lorca había nacido el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, un pequeño pueblo granadino. Antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la literatura española del siglo XX estudió música, Derecho y Filosofía, y Letras. En Madrid pasó por la Residencia de Estudiantes, uno de los principales centros intelectuales de la época, y quedó ligado a la llamada Generación del 27.
Pero encerrar a Lorca dentro de una etiqueta resulta difícil. Escribió poesía y teatro, tocó el piano, dibujó y dirigió espectáculos. En sus textos consiguió mezclar elementos de la cultura popular con temas universales como el deseo, el miedo, la libertad, la frustración, el amor y la muerte.
También llevó el teatro lejos de los grandes escenarios. Con La Barraca, la compañía universitaria que impulsó durante la Segunda República española, recorrió distintas localidades para acercar obras clásicas a personas que difícilmente podían acceder a ellas.
Su final llegó de manera brutal. El 16 de agosto de 1936 fue detenido en Granada, donde se había refugiado en la casa de la familia Rosales. Poco tiempo más tarde fue trasladado y fusilado en las cercanías de Víznar. Las búsquedas realizadas durante décadas nunca consiguieron establecer con certeza dónde quedaron sus restos.
Sin embargo, reducir su historia a ese crimen sería quedarse solamente con el último capítulo. Para entender por qué todavía puede atrapar a alguien que abre uno de sus libros por primera vez hay que volver a los poemas.
Uno de los comienzos más reconocibles de la literatura española está en “Romance sonámbulo”: “Verde que te quiero verde”. Forma parte del Romancero gitano, publicado en 1928, una obra llena de imágenes capaces de resultar familiares incluso para quien nunca haya leído el libro completo: caballos, luna, noche, deseo, peligro y muerte.
En “Romance de la luna, luna”, otro de sus textos más populares, todo comienza con “La luna vino a la fragua”. En pocas líneas, una escena que parece casi un cuento infantil empieza a transformarse en algo oscuro e inquietante. Esa capacidad de construir imágenes simples y, al mismo tiempo, cargadas de múltiples sentidos es una de las razones por las que su poesía continúa funcionando para lectores de generaciones muy distintas.
Existe también un Lorca bastante alejado de ese universo andaluz. Durante su estadía en Estados Unidos, entre 1929 y 1930, escribió los textos que luego formarían Poeta en Nueva York. Allí aparece una ciudad marcada por la soledad, la desigualdad, el dinero y la deshumanización. Fue una obra mucho más experimental, publicada tras su muerte, que mostró hasta dónde podía transformar su escritura.
Otro de sus grandes trabajos nació de una pérdida personal. En “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, dedicado al torero y amigo fallecido en 1934, una frase se repite hasta convertirse casi en un latido: “A las cinco de la tarde”. El poema parte de una muerte concreta, pero termina hablando del duelo, del paso del tiempo y de aquello que resulta imposible recuperar.
Para los lectores argentinos hay, además, otra puerta de entrada a Lorca. Buenos Aires fue una ciudad fundamental en su carrera. Llegó a la Argentina el 13 de octubre de 1933, luego del enorme éxito local de Bodas de sangre. Lo que inicialmente sería una visita terminó convirtiéndose en una estadía de varios meses entre Buenos Aires y Montevideo.
Se alojó en el Hotel Castelar, ofreció conferencias, participó activamente de la vida cultural porteña y dirigió obras teatrales. Durante aquellos meses se relacionó con figuras como Victoria Ocampo, Pablo Neruda, Oliverio Girondo y Norah Lange.
Su popularidad en Buenos Aires fue enorme. Bodas de sangre llenaba salas y su nombre había dejado de circular únicamente entre intelectuales. Lorca llegó a contar en cartas a su familia que era reconocido por la calle.
Durante aquella etapa también trabajó en representaciones de Mariana Pineda y La zapatera prodigiosa. Finalmente dejó Argentina el 27 de marzo de 1934. Poco más de dos años más tarde sería asesinado en Granada.
Ese paso por Buenos Aires permite mirar su figura desde un lugar distinto. Lorca no fue solamente un artista convertido en símbolo luego de una muerte trágica. Conoció el éxito, llenó teatros, experimentó con nuevas formas y consiguió conectarse con públicos muy diferentes cuando todavía era un hombre joven.
Y quizá esa sea una buena razón para volver a leerlo hoy.
No hace falta acercarse a su obra como si fuera una obligación escolar ni conocer de antemano la historia de la literatura española. Se puede comenzar por un poema, una escena de Bodas de sangre o una página de Poeta en Nueva York.
Noventa años más tarde, todavía hay jóvenes que descubren por primera vez aquel “Verde que te quiero verde”, la luna que llega a la fragua o las cinco de la tarde repetidas una y otra vez.
Quienes asesinaron a Federico García Lorca pudieron impedir que continuara escribiendo. No lograron que dejara de ser leído.
