¿Por qué compramos cuando todo sube y vendemos cuando todo baja?
La economía del comportamiento demuestra que el miedo a perder condiciona las decisiones financieras. Analizar los sesgos cognitivos, como el efecto anclaje y la aversión al riesgo, resulta clave para sostener una estrategia de inversión rentable.
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Por Nicolás González (*)
Empecemos por el principio, aunque suene a una obviedad. Aquellas personas que tienen capacidad de ahorro van convenciéndose que no termina siendo valioso si se traduce sólo en atesorar ese dinero.
La información sobre cómo invertir nos ofrece, nos “empuja” a decidir cómo canalizar esos ahorros en función de nuestros objetivos y etapas vitales. Sumamos a eso nuestra necesidad de liquidez, horizonte temporal del que podemos disponer las mismas y el par rendimiento vs riesgo. Esta última palabra, muchos la traducen: miedo y codicia.
En la Argentina, como en otros países, muchos de ellos latinos, prevalece el perfil conservador a la hora de las inversiones. Pero el mercado, básicamente el bursátil, va ganando terreno y cambiando de la mano de la tecnología, de manera tal que recibimos por diversas vías, información en abundancia sobre estrategias (¿o apuestas?) para mejorar la rentabilidad de nuestro dinero. La sociedad de la inmediatez y las ganancias fáciles agregan más velocidad. Deberíamos saber que no todo es copiar y pegar, pero….
Así vamos saltando sin la debida comprensión del fenómeno de la inversión, de casilleros de renta fija a otros donde los mayores rendimientos son variables. Aleatorios. Expectativas de atractivas ganancias conviven con el lado B: dolorosas pérdidas.
Cuando perder duele más que ganar
La economía tradicional suponía que las personas tomaban decisiones racionales. Sin embargo, la economía del comportamiento mostró que nuestras elecciones están fuertemente influenciadas por factores psicológicos.
Uno de los hallazgos más relevante fue la aversión a las pérdidas.
En términos simples, una pérdida nos genera un dolor emocional considerablemente mayor que el placer que produce una ganancia de igual magnitud.
Ese mecanismo, identificado por Daniel Kahneman y Amos Tversky, ayuda a explicar por qué muchas personas modifican su estrategia justamente en los momentos de mayor incertidumbre.
El mercado cambia… ¿o cambia nuestra percepción?
Cuando una inversión sube durante varios meses, sentimos confianza.
Pensamos que fue una buena decisión. Incluso podemos creer que seguirá subiendo.
Pero cuando esa misma inversión cae, muchas veces dejamos de analizar los fundamentos y comenzamos a pensar únicamente en el riesgo de perder más dinero.
¿Cambió la empresa en la que depositamos nuestro dinero y expectativas? ¿Observamos que el entorno se ha modificado sensiblemente para peor? ¿Un chubasco o un temporal que presagia una catástrofe?
El horizonte de inversión no se acortó.
Sin embargo, nuestra percepción sí cambió. Aparecen con fuerza, esas emociones que ponen en tela de juicio nuestro plan.
Y esa diferencia suele marcar el rumbo de nuestras decisiones.
El precio de compra no debería convertirse en una prisión
Existe otra conducta muy frecuente, de la mano de la aversión a las pérdidas.
Una persona compra una acción a determinado precio y, cuando el mercado cae, se promete: “La vendo cuando vuelva al precio que pagué”.
Ese valor termina convirtiéndose en una referencia emocional. Efecto anclaje.
Pero el mercado no sabe cuánto pagamos por un activo. Ni la empresa.
Ese precio sólo se instala en nuestra memoria y, muchas veces, condiciona decisiones que deberían tomarse mirando hacia el futuro y no en el pasado.
Cuando el miedo también inmoviliza
La aversión a las pérdidas no siempre conduce a vender. No se traduce en una carrera donde el miedo nos lleva a escapar.
A veces produce exactamente lo contrario.
Muchas personas dejan de revisar sus inversiones, postergan decisiones importantes o directamente abandonan cualquier proyecto de inversión.
El miedo también puede expresarse como inacción.
Y esa conducta conecta con otro fenómeno que analizamos anteriormente: la procrastinación financiera.
Porque no decidir también tiene consecuencias.
¿Qué podemos hacer?
No existe una forma de eliminar este sesgo. Es parte de la naturaleza humana.
Sin embargo, podemos reducir su impacto adoptando algunas ideas sencillas:
· Definir una estrategia antes de invertir, cuando estas emociones todavía no dominan la escena.
· Recordar que una caída de precio no implica necesariamente una pérdida permanente de valor.
· Evitar tomar decisiones importantes en medio de la euforia o del pánico.
· Avanzar gradualmente en el conocimiento de los instrumentos de inversión, riesgo y comportamiento.
· Diversificar las inversiones para reducir no sólo el riesgo financiero, sino también la presión emocional.
· Evaluar periódicamente la estrategia, en lugar de reaccionar frente a cada movimiento del mercado.
· Evitar el monitorear casi en tiempo real el precio del activo elegido. Mirarlas cada pocos minutos rara vez mejora nuestras decisiones.
Educar también es aprender a decidir
La educación financiera suele asociarse con aprender sobre inversiones, tasas de interés o inflación. ¿Es sólo eso? Claramente no. Conviven en nosotros la racionalidad y las emociones. Y una permanente estimulación a la acción inmediata. Como que no hay espacio para los “débiles”. ¿Y si nos permitimos comprender el combo?
Volver a la esencia de nuestras finanzas personales: poner el dinero al servicio de nuestro proyecto de vida.
Conocer nuestros propios sesgos no elimina las emociones, pero nos ayuda a reconocer cuándo están intentando reemplazar a nuestra estrategia.
Al fin y al cabo, invertir no consiste únicamente en entender los mercados.
También consiste en entendernos a nosotros mismos.
Y la próxima vez que una inversión caiga, antes de tomar una decisión, tal vez valga la pena hacerse una última pregunta:
¿Cambio realmente la inversión … o cambió solamente mi manera de verla?
Porque el mercado no sabe a precio compraste.
Pero tus emociones, sí.
Detrás de esta idea
Este artículo toma con referencia investigaciones desarrolladas por la economía conductual, la psicología cognitiva y la neurociencia de la toma de decisiones. Estas fuentes pueden servirte para fortalecer el cambio.
Entre los principales aportes pueden mencionarse:
· Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
· Kahneman, D., & Tversky, A. (1979). Prospect Theory: An Analysis of Decision under Risk. Econometrica, 47(2), 263–291.
· Thaler, R. H. (2015). Misbehaving: The Making of Behavioral Economics. W. W. Norton & Company.
· Barberis, N. C. (2013). Thirty Years of Prospect Theory in Economics: A Review and Assessment. Journal of Economic Perspectives, 27(1), 173–196.
· Tversky, A., & Kahneman, D. (1992). Advances in Prospect Theory: Cumulative Representation of Uncertainty. Journal of Risk and Uncertainty, 5(4), 297–323.
(*) Nicolás González es especialista en Educación Financiera y columnista de Modo Regreso por Radio Mitre Mar del Plata.
