“Con la tuya, contribuyente”
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La frase que popularizó Luli Ofman y que se volvió viral como crítica satírica a los privilegios de la política, en realidad resume cada vez mejor el agotamiento social frente a una dirigencia que hace años perdió noción de los límites entre lo público y lo privado.
El caso que vuelve a poner esto sobre la mesa es el de Maximiliano Abad.
La presentación de un libro, en principio, debería ser algo positivo. Discutir ideas, pensar la Provincia de Buenos Aires, promover el debate público y generar contenido intelectual siempre suma. Nadie puede cuestionar eso.
El problema aparece cuando detrás de esa supuesta construcción académica empiezan a aparecer los vínculos de poder, los recursos públicos y las relaciones políticas que terminan generando una pregunta muy simple: ¿esto se financia con plata propia o con la del Estado?
El libro “La Cuestión Bonaerense, apuntes para un nuevo contrato social” fue editado por la editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata, una institución pública sostenida por el aporte de millones de argentinos.
Dentro de universidad, ocupa un lugar central Marina Sánchez Herrero, vicerrectora y esposa de Maximiliano Abad. Ahí es donde el debate deja de ser cultural o académico y pasa a ser ético y político.
En este contexto, se suma un dato político que llama la atención: el propio Maximiliano Abad votó a favor de la reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei, una iniciativa fuertemente cuestionada por su impacto sobre los derechos de los docentes universitarios. Ese posicionamiento generó malestar y rechazo en uno de los sectores que históricamente funcionó como sostén del radicalismo: la universidad pública.
A partir de ello, resulta llamativo que la Universidad Nacional de Mar del Plata haya financiado la edición y presentación de su libro en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La contradicción es evidente y vuelve a poner bajo la lupa no solo el uso de recursos públicos, sino también la coherencia política de quienes dicen defender ciertas instituciones mientras acompañan medidas que las debilitan.
Porque hay algo que gran parte de la dirigencia todavía no entiende: la sociedad ya no tolera los privilegios encubiertos, las ventajas cruzadas ni las estructuras armadas para beneficiarse entre los mismos de siempre.
Durante años se normalizaron prácticas. Se normalizó acomodar familiares; usar estructuras públicas para construcción personal. Mezclar política, recursos del Estado y posicionamiento propio. Se normalizó vivir orbitando cargos, instituciones y presupuestos públicos.
Ese acostumbramiento es el que destruyó la confianza de la gente en la política.
Hay un refrán muy viejo que dice: “hay que ser y parecer”. Y en política eso vale el doble.
No alcanza con decir que uno defiende la transparencia mientras se resisten auditorías o controles. No alcanza con hablar de institucionalidad mientras todo queda girando alrededor de relaciones de poder, apellidos y estructuras financiadas por el Estado.
En una sociedad que hace un gran esfuerzo para pagar impuestos, sostener universidades, mantener servicios y llegar a fin de mes, es cada vez más intolerable ver cómo algunos sectores políticos utilizan esos mismos recursos para construir prestigio personal, posicionamiento o carrera política.
Y ese es el verdadero problema de fondo: una generación de dirigentes que durante demasiado tiempo creyó que el Estado era una herramienta al servicio de ellos y no de la gente.
Como resultado a esto aparece el enojo de la sociedad, el rechazo a la política tradicional y la aparición de personas ajenas a la política. Lejos de preguntarse por qué pasa, muchos siguen actuando exactamente igual.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si la sociedad no estuviera mirando.
Como si nadie se diera cuenta.
Pero la gente se da cuenta.
Y por eso frases como “con la tuya contribuyente” ya no generan solamente risa. Generan identificación. Porque resumen el hartazgo de los argentinos frente a una política que en muchos casos parece vivir de la gente y no para la gente.
