Tu perro sabe más de cómo te sentís de lo que imaginás: esto descubrió la ciencia
Un estudio detectó que estos animales procesan de forma distinta expresiones humanas vinculadas con la alegría, el miedo, la tristeza y el enojo. Los investigadores aclaran que reconocer esas señales no implica que experimenten o comprendan los sentimientos igual que las personas.
:format(webp):quality(60)/https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/perro.webp)
Quienes conviven con perros suelen notar cambios en su comportamiento cuando una persona está contenta, preocupada o atravesando un mal momento. Ahora, una investigación aportó nuevas evidencias sobre esa capacidad: el cerebro canino modifica su actividad según la expresión emocional que observa en un rostro humano.
El trabajo mostró que los perros no se limitan a distinguir una cara amigable de otra amenazante. También aparecieron patrones cerebrales diferentes frente a algunas emociones negativas, lo que sugiere que pueden extraer información más específica de nuestros gestos.
Para comprobarlo, un equipo internacional de investigadores, con participación de científicos de la Universidad de Viena, estudió a perros despiertos mediante resonancia magnética funcional. Mientras permanecían dentro del equipo, los animales observaban fotografías de personas desconocidas con distintas expresiones. Utilizar rostros sin vínculo previo permitió reducir la influencia que pudiera generar reconocer a sus propios cuidadores.
En una primera prueba participaron ocho perros, que vieron imágenes de caras felices y neutrales. Las expresiones alegres provocaron una mayor respuesta en regiones del hemisferio derecho, especialmente en áreas temporales, y esa actividad alcanzó también el núcleo caudado, una estructura cerebral relacionada con los mecanismos de recompensa.
Ese resultado llamó particularmente la atención porque la misma zona ya había mostrado respuestas ante estímulos valiosos para estos animales, entre ellos la comida, determinados olores, palabras conocidas y señales asociadas con premios. Una sonrisa humana podría, por lo tanto, funcionar también como una señal social positiva.
La segunda parte del experimento incorporó 12 perros y amplió el repertorio a rostros que mostraban felicidad, tristeza, miedo y enojo. Mediante técnicas de aprendizaje automático, los especialistas analizaron la actividad de distintas regiones cerebrales para determinar si era posible saber qué expresión estaba observando cada animal.
Los resultados permitieron diferenciar con claridad las respuestas ante miedo y enojo, así como entre miedo y tristeza. En cambio, los patrones relacionados con tristeza y enojo resultaron más difíciles de separar.
Eso no permite concluir que un perro sea incapaz de distinguir esas dos emociones. Los investigadores consideran que en situaciones reales intervienen muchas más señales que una fotografía: la voz, los movimientos, la postura corporal, los olores e incluso el contexto pueden ayudar al animal a interpretar qué está ocurriendo.
También remarcaron una diferencia fundamental entre reconocer una señal emocional y comprenderla como lo haría una persona. Las resonancias permiten observar que el cerebro responde de manera distinta ante determinadas caras, pero no revelan qué siente exactamente el perro ni si interpreta conceptos como “tristeza” o “miedo” de la misma manera que los humanos.
El estudio presentó además un desafío técnico importante. Para obtener imágenes confiables, los animales tuvieron que permanecer despiertos y prácticamente inmóviles durante sesiones de alrededor de seis minutos. Un movimiento de apenas unos milímetros podía afectar los registros, por lo que habían sido previamente entrenados para permanecer dentro del resonador sin necesidad de sedación.
La cantidad de participantes fue reducida y muchos eran border collies, un aspecto que los propios autores señalan como una limitación. Todos eran además animales sanos, cuidados y habituados al entrenamiento, por lo que serán necesarios estudios con más perros, distintas razas y diferentes historias de vida para comprobar hasta dónde pueden generalizarse los resultados.
Una posible explicación de esta habilidad está en los miles de años de convivencia entre perros y seres humanos. Durante el proceso de domesticación, interpretar correctamente nuestras señales pudo convertirse en una ventaja para obtener alimento, protección y desenvolverse dentro de grupos humanos.
La investigación no demuestra que un perro pueda saber exactamente qué piensa o siente su dueño. Sin embargo, sí aporta evidencia de algo más concreto: cuando mira una cara humana, su cerebro distingue información emocional y no procesa de la misma manera todas nuestras expresiones.
