Una fiesta a medianoche: “The Rocky Horror Picture Show” desbordó el Ambassador
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Por Marcelo Gobello
Hubo que quedarse despiertos y, sobre todo, dispuestos a dejarse llevar. Porque lo que ocurrió anoche, domingo a la medianoche, en la Sala 1 del Ambassador, fue mucho más que una simple proyección de una película. Fue una celebración colectiva, una pequeña ceremonia de culto, una fiesta desbordada alrededor de “The Rocky Horror Picture Show”, ese clásico inagotable que desde 1975 sigue convocando a fans en todo el mundo como si el tiempo no pasara.
La sala estuvo colmada. Y no sólo de espectadores: también de plumas, maquillaje, purpurina, plataformas, medias de red, y un entusiasmo que se respiraba desde la fila de ingreso. Varios de los presentes llegaron caracterizados como sus personajes favoritos, listos para cantar, bailar y recitar de memoria diálogos que ya forman parte de un ritual compartido que se sostiene desde hace cincuenta años.
Pero la fiesta empezó incluso antes de que la luz se apagara. Un grupo de actores locales, caracterizados como los protagonistas del film–con Frank-N-Furter, Riff Raff, Magenta y Columbia al frente–recibió al público en el hall, entregando espantasuegras, matracas y diarios viejos, elementos indispensables para interactuar con la película. Ese es, justamente, el espíritu Rocky Horror: el cine participativo, donde nadie se queda quieto, donde la pantalla y la platea son parte de la misma escena.
Durante la proyección los actores representaron en vivo algunas secuencias, replicando gestos, coreografías y climas con un sincronismo festivo que la sala celebró una y otra vez. Y el público acompañó sin reservas: coreó “Time Warp” de pie, improvisó pasos, repitió diálogos enteros al unísono, y reaccionó como si conociera cada movimiento del film de memoria. No había espectadores: había cómplices.
La película, ópera prima de Jim Sharman, pero inseparable de la presencia de Richard O’Brien, creador del musical original, sigue siendo una pieza única: mezcla de cine clase B, rock glam, sci-fi de bajo presupuesto y comedia musical, que juega entre lo camp, lo irreverente y lo absolutamente libre.
Ver el impresionante trabajo del gran Tim Curry, en su icónico papel del transvestido alienígena Frank N Furter en pantalla grande no tiene precio. Un film que no se parece a nada y que, quizá por eso, nunca envejece.
No es casual que “The Rocky Horror Picture Show” posea el récord histórico de permanencia ininterrumpida en salas desde su estreno en 1975. No es sólo una película: es un ritual vivo, una fiesta que se sostiene gracias a quienes la siguen eligiendo, año tras año, generación tras generación.
Lo de anoche fue exactamente eso: una nota de color imprescindible dentro del Festival, un recordatorio de que el cine también puede ser encuentro, juego, liberación y celebración compartida. Como dice la canción, “Don’t dream it, be it” ("No lo sueñes, selo"). Y por un rato, pasada la medianoche en Mar del Plata, todos lo fuimos.

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