El oficio teatral como política cultural
La Escuela de Oficios Teatrales (EDOT) del Teatro San Martín en el Teatro Tronador y la construcción de un nuevo mapa escénico.
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Por Marcelo Gobello
Durante años, Mar del Plata fue una ciudad de teatro en múltiples sentidos. A la potencia de sus temporadas y a la llegada constante de grandes producciones se sumó, de manera paralela y persistente, un teatro independiente de larga historia, sostenido por salas autogestionadas, colectivos artísticos y creadores que hicieron del trabajo artesanal y la transmisión informal del oficio una forma de resistencia cultural.
Sin embargo, aun con esa vitalidad, existía una ausencia estructural: la ciudad contaba con escena y con artistas, pero carecía de una instancia institucional de formación técnica y profesional sistemática para el detrás de escena. Mar del Plata es también una ciudad donde el teatro llega hecho, con las citadas grandes producciones, figuras consagradas y temporadas intensas. Pero el proceso previo —el trabajo silencioso que sostiene cada función— rara vez tenía anclaje local. La ciudad consumía escena; no siempre la producía en sentido pleno. Esa ecuación comienza hoy a modificarse de manera profunda.
La instalación de la Escuela de Oficios Teatrales (EDOT), dependiente del Complejo Teatral de Buenos Aires y con origen en el Teatro San Martín, en el Teatro Tronador BNA, constituye mucho más que una novedad académica. Es un acto de descentralización del saber, una redefinición del rol de la ciudad dentro del ecosistema teatral argentino y, sobre todo, una afirmación clara: el teatro también se piensa desde sus oficios. La EDOT no apunta al brillo del escenario sino a su arquitectura invisible. Forma profesionales en escenografía y mecánica escénica, multimedia y vestuario, peluquería y maquillaje, áreas donde el conocimiento se transmite históricamente de manera oral, artesanal, muchas veces precaria. Convertir esos saberes en una carrera formal de tres años, con certificación oficial, implica reconocerlos como lo que son: conocimiento especializado, trabajo calificado y patrimonio cultural vivo.
Este movimiento no puede leerse aislado del proceso que atraviesa el Teatro Tronador desde su reapertura. Bajo la creación y conducción de Marcelo González, el espacio dejó de ser una sala recuperada para convertirse en un centro cultural integral, con programación sostenida, identidad curatorial y una infraestructura técnica que hoy dialoga de igual a igual con los grandes teatros públicos del país.
“La clave nunca fue solo volver a abrir un teatro, sino pensar qué teatro necesitaba la ciudad y para qué”, suele señalar González. Esa mirada explica por qué la renovación técnica del Tronador —escenario, parrilla, maquinaria, iluminación, sonido, sistemas digitales— no fue un gesto estético ni una apuesta coyuntural, sino una decisión estratégica. Sin condiciones técnicas reales, no hay formación posible; sin formación, no hay futuro para el oficio.
En el origen de todo este proceso hay una idea que se repite como hilo conductor: la noción de legado. Cuando Marcelo González impulsó la compra y posterior transformación del Teatro Tronador BNA, el objetivo no fue únicamente rescatar una sala emblemática ni garantizar una programación competitiva. La apuesta fue más ambiciosa y, al mismo tiempo, más silenciosa: dejar una estructura de excelencia que perdure más allá de las personas y de las coyunturas. Ese fundamento explica muchas de las decisiones tomadas desde el inicio. La inversión sostenida en tecnología escénica, la profesionalización de los equipos técnicos, la apertura del teatro a proyectos formativos y la articulación con instituciones públicas de referencia no responden a una lógica de impacto inmediato, sino a una visión de largo plazo.
Un teatro, en esta concepción, no se mide solo por la calidad de sus espectáculos, sino por su capacidad de formar, irradiar conocimiento y elevar el estándar del medio en el que se inserta. González suele insistir en que la verdadera transformación no está en el brillo del estreno, sino en lo que queda cuando el telón baja: técnicos mejor formados, saberes transmitidos, infraestructura disponible para nuevas generaciones.
En ese sentido, la llegada de la EDOT al Tronador no es un hecho aislado, sino la consecuencia natural de un proyecto que entiende al teatro como institución cultural completa, donde creación, producción y enseñanza forman parte de un mismo sistema. La idea de excelencia que guía este proceso no es elitista, sino profundamente democrática: poner herramientas de primer nivel al servicio de la comunidad, para que el talento local no tenga que emigrar ni conformarse con condiciones precarias. El legado al que apunta el Teatro Tronador BNA es, precisamente, ese: que el estándar alcanzado no sea una excepción, sino un piso desde el cual pensar el futuro del teatro marplatense y nacional.
En este punto, el modelo entabla un diálogo directo con la experiencia del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, dependiente del Teatro Colón de Buenos Aires, el cual desde hace años funciona (también gracias a la gestión de Marcelo González) como una subsede en dependencias de ese verdadero centro cultural en que se ha transformado el Teatro Tronador BNA, El ISATC entendió hace décadas que un teatro de excelencia no se sostiene solo con grandes artistas invitados, sino con cuadros propios formados dentro de la institución, en contacto permanente con la práctica profesional.
La EDOT replica esa lógica: aprender en el lugar donde el teatro sucede, con las herramientas reales, bajo exigencias reales. Que esta experiencia comience a desarrollarse ahora en Mar del Plata no es menor. Supone romper con la idea de que la formación técnica de alto nivel es patrimonio exclusivo de Buenos Aires. Supone también pensar la cultura como cadena de valor, donde la escena genera empleo, conocimiento y continuidad.
En un contexto donde la cultura suele reducirse a evento o entretenimiento, la EDOT introduce una noción más profunda: el teatro como sistema, como práctica colectiva que necesita tiempo, transmisión y políticas sostenidas. No hay escenografía sin carpintería, no hay magia sin técnica, no hay emoción sin estructura. Lo que hoy se consolida en el Teatro Tronador es, en ese sentido, un cambio de paradigma.
Mar del Plata deja de ser únicamente una ciudad donde el teatro pasa, para convertirse en una ciudad donde el teatro se aprende, se construye y se proyecta. Y en ese gesto silencioso, lejos del aplauso inmediato, se juega una de las transformaciones culturales más relevantes de los últimos años.
Recordemos que en Mar del Plata ya existe la Escuela Municipal de Arte Dramático.
Para más información sobre la Escuela de Oficios Teatrales comunicarse a [email protected]

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