La (in)seguridad, la herencia de Montenegro
La inseguridad volvió a convertirse en el eje central del debate político en Mar del Plata, en un contexto marcado por el aumento del malestar social y una sensación de desprotección que atraviesa a toda la ciudad.
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Lejos de tratarse de episodios aislados, distintos sectores coinciden en un diagnóstico preocupante: el deterioro es sostenido y la violencia urbana se instaló como una constante diaria.
“Pasa todos los días, a toda hora y en cualquier lado”, repiten vecinos de diversos barrios del partido de General Pueyrredon. La frase sintetiza una percepción generalizada: robos, arrebatos y hechos de violencia forman parte de una rutina que parece no tener freno, mientras crece la incertidumbre y el temor en la vida cotidiana.
Comerciantes, trabajadores y familias denuncian la falta de respuestas efectivas frente a una problemática que no es nueva, pero que se profundizó con el tiempo. La presencia estatal, señalaron, resulta insuficiente para contener una situación que ya no distingue zonas ni horarios. La inseguridad dejó de ser un fenómeno esporádico para transformarse en un rasgo estructural del presente marplatense.
En este escenario, la figura de Guillermo Montenegro concentra gran parte de las críticas. Su llegada al poder en 2019 estuvo rodeada de expectativas: con antecedentes en la gestión de seguridad en la Ciudad de Buenos Aires, llegó como un “paladín de la justicia” capaz de trasladar experiencia y soluciones al plano local. Sin embargo, el paso del tiempo erosionó ese capital político.
A lo largo de su gestión, la inseguridad no solo persistió, sino que se profundizó. No hubo un plan integral sostenido en el tiempo ni políticas visibles que lograran modificar la tendencia. Por el contrario, la falta de estrategia y la ausencia de medidas contundentes terminaron consolidando un escenario donde el Estado parece haber perdido el control en amplios sectores del territorio.
Tras una gestión completa y otra interrumpida, el balance que emerge en amplios sectores de la sociedad es negativo. La promesa de orden y control quedó lejos de concretarse, y en su lugar se consolidó una percepción de inacción. Para muchos, la inseguridad no solo no retrocedió, sino que avanzó sin encontrar límites claros.
La salida de Montenegro en medio de una escalada delictiva profundizó las críticas. Su salto a la legislatura bonaerense fue leído por parte de la ciudadanía como una señal de desapego frente a una crisis que exige presencia y conducción.
La inseguridad en Mar del Plata ya no puede explicarse como una herencia ni como un problema externo: es, en gran medida, el resultado de una gestión que no estuvo a la altura de las circunstancias. Las promesas de campaña quedaron lejos, y en su lugar se consolidó una sensación de abandono que atraviesa a toda la ciudad.
La falta de medidas contundentes y visibles alimentó la sensación de abandono. En las calles, el reclamo es concreto: más prevención, más control y respuestas inmediatas. Pero en el plano político, las definiciones siguen demorándose, mientras la realidad avanza más rápido que la gestión.
Mientras tanto, en Mar del Plata, el miedo dejó de ser una excepción para convertirse en regla. Y en ese contexto, la herencia política de Guillermo Montenegro ya no se discute en términos de expectativas, sino de resultados que, para muchos, nunca llegaron.

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