“Esperando la carroza”, la película argentina que se mantiene viva en la memoria
Esta semana se cumplieron 41 años de su estreno y volvieron a replicarse sus escenas y sus diálogos en las redes sociales. Un fenómeno que atraviesa generaciones.
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Esta semana se cumplieron 41 años del estreno de Esperando la carroza, que el 6 de mayo de 1985 comenzó un camino en las salas que derivó en algo impensado: un fenómeno popular que cuatro décadas después se mantiene firme en la memoria colectiva de los argentinos. Ya sea por sus frases recordadas, por sus personajes, por escenas, lo cierto es que Esperando la carroza es un hito indiscutido, convirtiéndose en referencia incluso de generaciones muy posteriores. Esa posteridad que hoy se convierte en meme, GIF, sticker y cuanto elemento de la contemporaneidad conduzca al humor y al guiño cómplice que alcanza con solo mencionar una línea de diálogo para que todos sepamos de qué estamos hablando.
Inspirado en una obra de teatro uruguaya de 1962 escrita por Jacobo Langsner y producida por la Comedia Nacional de Uruguay, el film dirigido por Alejandro Doria se erigió desde el vamos como un grotesco pasado de rosca que miraba de frente, en los albores de la nueva democracia, a esa sociedad argentina de los años de la dictadura. Sin ningún tipo de sutileza, hay que decirlo (también debo decir que no comparto el amor por esta película), la comedia sobre una familia -los Musicardi- que a partir de la desaparición de la abuela entra en estado de shock, se ha convertido en una suerte de sinónimo de una noción un poco desbordada de lo nacional, o de lo que los argentinos creen de sí mismos.
Hay que decir que Esperando la carroza ya había tenido una representación en la televisión nacional con el ciclo Alta comedia. Allá por 1973, la obra de teatro había sido llevada a la pantalla chica también con dirección de Doria y con un elenco integrado por la mismísima China Zorrilla, pero con Pepe Soriano, Raúl Rossi, Dora Baret, Alberto Argibay, Lita Soriano, Alicia Berdaxagar, Marta Gam y Hedy Crilla. Curiosidad, Soriano interpretó a la abuela en esa comedia negrísima La Nona, antecedente bastante claro de Esperando la carroza.
La versión cinematográfica de 1985 contaba en su elenco con una suma de caras muy conocidas y algunos intérpretes que estaban comenzando a serlo. Desde Luis Brandoni, a China Zorrilla, Juan Manuel Tenuta o Lidia Catalano, a Antonio Gasalla, Betiana Blum, Enrique Pinti o Darío Grandinetti, entre muchos otros. Tal vez no haya en la historia del cine argentino una película que cuente en su elenco con tantas caras conocidas. Pero lo verdaderamente cierto es que el film no fue muy exitoso al momento de su estreno y, por ejemplo, se lo pudo ver a Gasalla durante varios sábados haciendo el personaje en el programa Badía y compañía como una forma de promocionarlo. No fue hasta su edición en VHS y su exhibición constante en televisión, que la película se convirtió en el fenómeno que hoy conocemos.
Para Gasalla, que tenía una carrera extendida en el teatro (con algún paso por el cine como La tregua), el personaje fue una verdadera explosión. Y, hay que decirlo, es el único que está contenido en una película que tiende a estar dos o tres tonos arriba de lo requerido. Sin embargo, en primera instancia Doria le ofreció el personaje a Niní Marshall, pero esta lo rechazó y ahí derivó en el popular cómico, que ya venía haciendo de una vieja similar en el teatro. Seguramente la decisión más feliz del director fue que la abuela tenga más participación que solo los últimos minutos que le destinaba la obra de Langsner. “El propuso ponerla en la vereda de enfrente, que vea desde ahí las situaciones y que participe más”, contó Gasalla durante una entrevista.
Tal fue el nivel de popularidad que logró Gasalla con esa caracterización, que luego reinterpretaría al personaje en sus diferentes envíos televisivos y hasta sería invitado constante al programa de Susana Giménez, donde intervino como “La abuela” durante más de una década.
Obviamente de la película se recuerdan sus frases y siempre se encuentra la forma de meter en una reunión familiar o de amigos aquello de “yo hago ravioles, ella hace ravioles”. De hecho la reciente muerte de Luis Brandoni fue otra vez motivo para que se lo recuerdo con las “tres empanadas”, algo que al actor posiblemente no le hubiera hecho demasiada gracia ya que estaba un poco cansado de la referencia. Lo curioso es que según el anecdotario de la película, cuando se rodó y Brandoni tiró la frase, no causó la más mínima gracia y fue vivido como un momento dramático. Fue tan solo con las primeras exhibiciones que se escucharon las risas y el público empezó a repetir aquello.
Otro detalle curioso de Esperando la carroza es que hasta sus locaciones se volvieron icónicas para los fanáticos. Los principales hechos de la película transcurren en una típica casa chorizo de Echenagucía 1232, en el barrio de Versalles. La casa fue declarada Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires en 2011, pero los dueños tuvieron que sacarle el timbre por las constantes visitas de quienes querían recrear las escenas de la película y conocer el lugar. Todo esto queda muy bien retratado en el documental Carroceros de Mariano Frigerio y Denise Urfeig (disponible en Flow), que muestra cómo se ha montado todo un mercado fetichista de fans que hasta contratan tours turísticos para visitar las locaciones.
Si Esperando la carroza logró lo que muy pocas películas argentinas en su historia, convertirse en un film de culto que trascienda generaciones, la tentación de una secuela estaba siempre en el tapete. Y eso sucedió en 2008, bajo la dirección de Gabriel Condrom. Como no me gusta Esperando la carroza no voy a decir que la secuela es mucho peor, pero lo cierto es que pretende empatar su hilo sociológico hablando un poco de los 90’s sin alcanzar el mismo nivel de acierto iconográfico y acercando su humor al de las comedias de Gerardo Sofovich. Esperando la carroza 2 no contó con muchos de los del elenco original (entre ellos los indispensables China Zorrilla y Antonio Gasalla) y quienes fueron de la partida, lo lamentaron. Como Brandoni, que reconocería durante una conferencia de prensa por el reestreno en cines de la original que la secuela era “mala, no era coherente con la historia, resultó siendo mala”.
Otro ejemplo más de que la nostalgia no es un buen punto de inicio para emprender nada: “Qué miseria che”.

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