Escuchando a Carlos Malfa
El sacerdote mantuvo una charla con quien lo presentó, el periodista y escritor Nino Ramella, y con quienes lo escuchábamos.
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Inmerso en un clima de cálidez logrado por el público presente, este viernes pasado escuché la conversación de Carlos Malfa. Tal vez para su mejor identificación por parte del lector tendría que añadir el padre, el sacerdote el cura, pero su persona excede en mucho el marco de ese encasillamiento. Y además podría haber hablado de disertación traicionando el contenido de lo que fue ese encuentro.
Muy brevemente repaso lo central de su biografía. Nació en Mar del Plata, graduándose como psicólogo en la Universidad de nuestra ciudad y licenciado en Teología en la Universidad Santo Tomás de Aquino de Roma, fue secretario privado de Monseñor Enrique Rau primer obispo de la Diócesis de Mar del Plata cumpliendo ese rol posteriormente para el obispo Eduardo Pironio, se ordenó sacerdote en 1979, fue nombrado Obispo de Chascomús, hasta que en virtud de lo establecido por el Código de Derecho Canónico al cumplir 75 años debió presentar su renuncia. Actualmente ejerce el servicio pastoral como misionero en Tierra Santa, Basílica de Getsemaní, Monte de los Olivos. Y para poner a algunos contentos, es hincha de Boca.
De las acertadas preguntas que le formuló Ramella destaco dos que me tocan muy de cerca. La primera sobre la identidad marplatense, a lo que Malfa respondió que mirando el mar sin limites que nos rodea y teniendo en cuenta el puerto con el que cuenta la ciudad, no puede dejar de decir que es sumamente integradora. He escuchado voces contrarias al respecto de gente que al radicarse en esta urbe opina que se encontró frente a una sociedad cerrada, con lo cual no coincido dado que fue otra mi experiencia que paso a narrar.
Terminado el colegio secundario a fines de 1972 en Tres Arroyos mi lugar de origen, en 1973, año si los hay, llegué a Mar del Plata para comenzar la carrera de derecho. Momento muy significativo para la Argentina. Lo comenzamos con ilusiones y expectativas para terminar en el período más violento de ese siglo. Yo estaba solo en un sitio desconocido porque los jóvenes tresarroyenses continuaban sus estudios en las Universidades Nacionales de Bahía Blanca, La Plata o Buenos Aires, mientras que en Mar del Plata se cursaba abogacía solamente en la Universidad Católica situada en el Pasaje Catedral, siendo provinciales las otras universidades existentes.
Fue duro el comienzo sobre todo por los avatares políticos que se sucedieron, pero muy pronto los marplatenses de origen fueron incorporándome a sus casas, sus amigos y los lugares que frecuentaban. Hoy con setenta y dos años de edad y 53 de residencia en estas playas donde hice mi vida, puedo decir que cada ciudad tiene su idiosincrasia, sus costumbres, sus particularidades, diferentes migraciones extranjeras, y tal vez pude captar todo eso que por muchos motivos hacen especial a Mar del Plata y que me lleva a decir gracias por su generosidad.
La segunda interrogación de Ramella a Malfa que como dije resalto, fue si el entonces obispo Eduardo Pironio en 1975 fue llevado al Vaticano para su protección teniendo en cuenta la violencia reinante a la que me referí. El interrogado respondió que pudo haber sido uno de los motivos pero otros fueron más importantes. No pongo en duda esto último por la gran capacidad de aquel y su enorme solvencia en teología que lo acercaban al Estado desde donde se toman las grandes decisiones de la Iglesia Católica llegando a comentarse firmemente que fue candidato al papado. Pero no dejo de recordar el rol fundamental que protagonizó en la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín durante el año 1968 donde se impulsó la “teología de la liberación”, siendo Secretario General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), y trabajando codo a codo con su amigo Dom Helder Cámara de Olinda, Recife, “el obispo de los pobres’’.
No me cabe duda que el destino del cardenal Pironio era Roma pero tampoco que su partida fue antes de lo previsto. Se prevía el golpe militar, y me consta lo dicho porque al llegar a conocerlo personalmente me sorprendió su humanidad y su compromiso con los deposeídos, llegando a refugiar a perseguidos, entre otros dirigentes sindicales, lo que le valió varias paredes pintadas con la leyenda “Pironio montonero” y amenazas de muerte.
Admitiendo que puede haberme excedido en consideraciones propias , digo finalmente que todos nos quedamos con ganas de “más Malfa” dado que el tiempo concedido por el lugar que lo recibió fue sumamente exiguo y nos faltaron muchas cosas por escuchar y aprender.
Humberto O. Noel

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