El imperio del churro que nació como foodtruck y se convirtió en un sello de la ciudad
Avedis Sakahian, heredero de una tradición familiar que empezó en España en 1939, habla poco, pero cuando lo hace deja definiciones claras sobre trabajo, familia y futuro.
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Hay marcas que trascienden el producto. Manolo es una de ellas. Para muchos turistas, venir a Mar del Plata sin pasar por sus churros es casi una herejía; para los locales, es parte del paisaje cotidiano, como la rambla o el mar. Detrás de ese clásico inoxidable está Avedis Sakahian, empresario de perfil bajo, alejado de los micrófonos desde hace años, que volvió a hablar en una charla distendida y sincera con El Marplatense en Verano, que se emite por Radio Mitre Mar del Plata (FM 103.7).
“No es que tenga un perfil bajo, siempre manejé el mismo. Hay momentos en los que hay que hablar y otros en los que hay que trabajar”, resume Avedis, explicando por qué decidió correrse de la exposición pública y concentrarse en lo suyo: una empresa familiar grande, numerosa y profundamente arraigada a la ciudad.
La historia de Manolo empieza lejos, muy lejos de la costa atlántica. Arrancó en 1939, en Burgos, España, cuando la familia hacía churros y buñuelos desde un pequeño puesto callejero. “Era un foodtruck, aunque en ese momento no se llamaba así”, cuenta entre risas. Aquel carrito —que incluso convivía con un pequeño local llamado El Abrigaño— fue el origen de todo. Décadas después, una rama familiar llegó a Mar del Plata y en 1980 el proyecto terminó de consolidarse definitivamente.
Desde entonces, creció, atravesó etapas buenas y malas, se adaptó a crisis económicas de todo tipo y nunca perdió de vista su objetivo central: el trabajo como sostén familiar. “Cualquier negocio, sea este u otro, es importante para sostener a la familia. Ese siempre fue el eje”, afirma.
Hoy, ese presente se vive con una nueva generación asomando. Nietos y nietas que quizá elijan otros caminos, pero con una puerta siempre abierta. “La empresa familiar trata de contenerlos. El trabajo está ahí, como posibilidad”, dice Avedis, mirando hacia adelante sin apuro.
La pregunta aparece inevitablemente: ¿por qué no está en Buenos Aires? ¿Por qué no franquiciar una marca que podría funcionar en cualquier esquina top del país? “Nos llaman muchas veces”, admite. Pero enseguida aclara que el análisis es profundo y conservador. “Los proyectos llevan años de desarrollo. Nunca nos lanzamos de una. Y aun así, cuando hacemos algo, nos damos golpes que nos vuelven más precavidos”.
Mientras tanto, la inversión sigue siendo local. Mejoras constantes, reinversión permanente y aprendizaje continuo. “Aprender es mirar las experiencias ajenas, para no cometer los mismos errores. Y si nos equivocamos, que sean errores nuevos”, define.
¿Secretos? No hay fórmulas mágicas. “No existen grandes secretos, sino hacer las cosas bien todos los días, cuidarlas y tratar de mejorarlas”, asegura. Tal vez por eso el churro más vendido sigue siendo el de dulce de leche, aunque la crema pastelera viene pisando fuerte. Todo a precios populares, una decisión que no es casual. “Nunca fue nuestra intención trabajar con márgenes desmedidos. Queremos precios razonables y seguir adelante”.

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